SUEÑOS DE AMOR Y GUERRA

(Por Elthrair)

 

Capítulo I :Despertar

Eran miles… miles de de figuras negras como azabache que cubrían la llanura costera. Quietas, inertes y silenciosas permanecían, como una visión del pasado… una visión de la muerte esperando pacientemente a que acudiéramos a su llamada. Un halo de maldad palpable salía de cada uno de los cuerpos inmóviles, una maldad cuyo amargo gusto penetraba incluso en mi paladar. No había facciones en sus rostros, no tenían semblante. La más negra oscuridad era lo único que dejaban ver los huecos de sus yelmos. Sólo sus altos estandartes eran agitados por los leves vientos de la costa. Nada más se movía… nada más perturbaba la antinatural quietud de las miles de siluetas, extendiéndose hasta donde la vista alcanzaba. Más allá de la playa, el mar se alborotaba. Las olas crecían en tamaño y fuerza. El cielo estaba oscuro. Sólo nubes se veían, ni cielo, ni Sol... sólo oscuridad.

Abrí los ojos. La luz inundó mi vista cegándome. Los volví a cerrar. Dejé que mis oídos se despertaran primero, escuchando el alegre cantar primaveral de los pájaros. Mi piel los siguió, rozando las suaves sábanas de seda. Mi olfato también, respirando el aroma de la mañana. Mis párpados se abrieron de nuevo. Esta vez pude verlo todo con claridad. Una habitación de mármol, mi cama, mis blancas sábanas… todo había sido un sueño.

Me incorporé, sin dejar a mi mente terminar de despertar. Un sueño, uno como otros tantos me perturbaba en aquella mañana de Ulthuan. Cuál era su significado, lo desconocía. Quizá sólo era una pesadilla como tantas otras me atemorizaban de niño. O quizá era un mal presagio, otra advertencia que la Gran Madre me enviaba. No quería pensar más en ello. El día era radiante, mi tierra rebosaba de luz y de vida. Era un día para disfrutar y no para pensar.

Miré por la ventana de mis aposentos. El árbol de plata, símbolo de mi casa, pilar de la magia, apaciguador de las violentas corrientes de poder arcano, brillaba con centelleantes destellos ante el Sol de la mañana. Sus hojas de cristal se movían al son de la melodía del viento, firmemente sujetas a las blancas ramas que partían de inmenso pilar que formaba su tronco. Más de dos mil años llevaba en pie tan poderoso ser, regalo con que la Madre Isha bendijo este suelo. Muchos habían sido los que habían venido desde tierras lejanas a fascinarse ante su esplendor. Inclusive el famoso herborista Anurion el Verde nos sorprendía con sus eventuales visitas, intentando comprender a tan antiguo portento de la naturaleza.

Pasé la mañana en los jardines que rodeaban al gran árbol de plata. Conversamos los nobles de la corte y yo acerca de tiempos pasados relatando las grandes gestas de los días antiguos. En tiempos en los que poderosos príncipes comandaban las huestes de Ulthuan. En estos días, los príncipes ya no eran tan grandes, ni tan hermosos. Hablamos también de los tiempos presentes y de los asuntos que ocupaban la actualidad en la asamblea en Tor Yvresse. Se hablaba de las victorias del príncipe Temakador contra los orcos y de la creciente inquietud de mi Señor Eltharion.

Canté y bailé con las doncellas los cantares que los bardos tocaban para nosotros. Dancé durante largo rato con la joven Limen, hija de Maegeth, uno de mis caballeros más veteranos. No era más que una muchacha, pero pronto se convertiría en una de las más bellas damas. Su mirada cautivada buscó mis ojos hasta encontrarlos. Me decían que la amara. Yo la respondí con una sonrisa. Sabía que no podía darla lo que me estaba pidiendo. "La pasión de la juventud" pensé. Posó su cabeza sobre mi pecho. Fue entonces cuando vi que Valarin, capitán de mis lanceros, me esperaba. Con un suave gesto aparté los dorados cabellos del hermoso rostro de Limen. Y con delicadeza besé su cálida frente.

Me excusé con Limen. Sus verdes ojos antes encantados mostraron su disgusto. Acaricié su mejilla hasta llegar a su mentón y me dirigí hacia Valarin. Con una reverencia me comunicó que un heraldo esperaba a las puertas. Ordené a uno de mis sirvientes que lo condujera a mi presencia. Me preguntaba cuál sería el motivo de tan inesperada visita. Aunque no era infrecuente la llegada de emisarios, los mensajes que portaban eran ya esperados o conocidos. Mi sirviente apareció seguido por el heraldo al que presentó escuetamente como Rovalon de Avelorn. Avelorn, sin duda era nacido allí pues sólo los elfos del Reino del Bosque portaban su heráldica con tanta gala. Con una reverencia me ofreció el pergamino que portaba. Le acepté de buen grado y me despedí con un gesto y palabras de agradecimiento.

Observé con curiosidad el sello con que había sido marcado el correo. Era el ojo de Isha, el símbolo de la Diosa Madre. Mi corazón empezó a palpitar con fuerza, lleno de impaciencia. Lo abrí apresuradamente. Era de mi amada, la dama Ethena, la celestial, el ser más bello que haya florecido en la larga historia de la creación. Me escribía bellas palabras prometiendo un encuentro próximo. Era feliz, feliz como si me hubieran prometido visitar el paraíso. Feliz, como sólo un niño puede serlo en su inocencia… era un niño en manos de aquella por quien mi corazón suspiraba día y noche. Cuánto había esperado esta noticia.

Pero aquella fue una mañana llena de sorpresas. Mi sirviente me anunció que un segundo mensajero había llegado. Dos mensajes en la misma mañana. Sin duda el destino me reclamaba para cumplir con mi cometido una vez más. Y pronto sabría de qué forma los dioses esperaban que así lo hiciera.

El segundo mensajero no pertenecía a tierras lejanas, ni venía de otro reino, sino de nuestra gran ciudad de Tor Yvresse. El remitente no era otro que mi gran amigo y Señor Eltharion. Esta vez, leí el mensaje con el corazón más calmado y la mente más atenta. Se me convocaba a consejo al alba del siguiente día. Si mi Señor me reclamaba, no sería por voluntad mía el no acudir a su llamada.

Presto me dispuse a preparar a mi guardia y a mis sirvientes para la marcha a la ciudad. Al medio día mi guardia de los de Hoeth ya formaba a las puertas de la fortaleza dispuesta para la marcha. Mis asistentes se afanaban en cargar los últimos pertrechos para mi estancia en Tor Yvresse. Saludé a mi siempre fiel Alcarin. Tantas batallas vividas juntos nos habían convertido en los mejores amigos que el afecto pueda dar de un Asur a otro. Tantas batallas… tantos recuerdos. Partíamos de nuevo juntos.

 

 

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